Parece mentira, carajo

Tuve el teléfono en la mano y una nueva horda de parientes vino a festejarme. Ya había marcado uno o dos números. Dije, mejor mañana así hablamos tranquilos, pero me urgía hablar con vos, te juro, contarte que viví en la indigencia, que viajé por media Europa en trenes, barcos y aviones, que sin querer me até los zapatos en la tumba de Boudelaire, que conocí personajes fantásticos y personas despreciables, que tu tarea de silenciosa y paciente Celestina había dado frutos hermosos, qué se yo, tanto, tanto tenía para contarte que quería empezar a los gritos; vos sabés, puedo ser más parco que un semáforo, y sin embargo quería gritarte que volví, que nos debíamos la borrachera, que teníamos que negociar la apuesta… Te juro, todavía no entiendo, no entiendo.  Ay, cómo te extraño, Ana, cómo te extraño.

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