Qué día aquel…

milan.jpg 

Este es un relato tan atropellado como aquellos días, especialmente este, seguramente el día más largo e intenso de mi vida, que largó a todo vapor a las 7 de la mañana en Venecia y acabó a las 5 de la tarde del día siguiente en Barcelona. En el medio un peregrinar tormentoso en trenes y todas sus combinaciones, barcos, bondis, subtes.
No nos había ido bien en Italia, no encontramos trabajo ni los putos papeles y volvíamos intensamente ilegales por alguna dudosa esperanza a Barcelona o quizás a los Pirineos. Entre préstamos y tarjetazos teníamos setenta euros para toda la travesía y aun no sabíamos donde acabaríamos en España.   (sigue…)

Por aquel entonces casi todos los días tenían ese nivel de incertidumbre, pero nunca toda junta y sin embargo estábamos contentos; Italia es bellísima a cada metro y, aun bailando en medio de esta vorágine, teníamos tiempo para organizar las combinaciones como para visitar lo que se pudiera.
El año anterior por caso yo había estado cinco días varado en Milán esperando un tren a España y lo había caminado todo. El Duomo, fue lo primero que vi de la ciudad apenas salido del metro y fue un shock; gótico, alto, estéticamente imponente. Tiendo a tildarme cuando esas cosas me pegan de golpe. La suerte o las combinaciones posibles de trenes posibilitaron que pasáramos por Milán y quise que ella repitiera esa experiencia. No era fácil: desde la estación de trenes hasta la plaza del Duomo hay dos combinaciones de metro y nosotros estábamos cual borricos cargando todas valijas y en menos de dos horas partía el tren a Génova. De todas formas lo intentamos, el plan era casi comando; llegar a Milán y correr a dejar las valijas más pesadas en el depósito de la estación y tomar los subtes, ver el Duomo, quizás la galería Vittor Emmanuelle y volver a los santos pedos para agarrar la combinación.

Cuando el tren paró salí disparado a dejar las valijas mientras ella esperaba con el resto en la puerta de la estación. Gran desazón ver una cola interesante apostada en el depósito y peor aun los carabineros revisando y escaneando todas las valijas que entraban, no sea cosa que algún moro fundamentalista metiera una bomba. Los tanos estaban con sus paranoias y yo con las mías. En la cola le tocaba a un albanés. Le piden documentos. El puto albanés no tenia nada en regla, ni visa ni residencia, ilegal completamente y además una terrible cara de inmigrante, y yo detrás aun más ilegal, veía cómo el carabinero hablaba por teléfono y al segundo caían dos más y lo tomaban del brazo y se lo llevaban, el tipo suplicaba y señalaba que alguien lo esperaba en algún lado y forcejaba y lloriqueaba como sólo los hombres desesperados hacen. Yo seguía en la cola y sólo atiné a escaparme sin disimulo, arremetí contra los que esperaban atrás mío y creo que corrí sin disimulo. A media carrera recuerdo que dejé una valija en la cola. Puteo casi bramando y vuelvo. Estaba allí donde la dejé, la recupero y otra vez a correr.

Ella me esperaba sentada en el palier. Yo estaba pálido, con el corazón desbocado y sudando a manguerazos. “Casi me entrego” le dije mientras empezábamos a sumergirnos en el laberinto de subterráneos para esperar trenes, tomar combinaciones y llegar cuanto antes a la plaza, en tanto las valijas multiplicaban su peso a medida que las cargábamos y el reloj trotaba más rápido que nosotros.

Al tomar la última combinación empecé a emocionarme; cuando subiéramos hacia la plaza y asomáramos las narices, el Duomo aparecería lentamente hasta develar toda su belleza. Le tomé la mano mientras nos montábamos en la escalera. Y el Duomo apareció en toda su extensión, era tan grande como lo recordaba pero estaba cubierto por lonas espantosas que le escondían la fachada; algún ingeniero insensato creyó que era una idea brillante resturarlo justo en esos días. Fue un momento desolador. Ella igual de desilusionada opinó con cierta perplejidad “Me gusta más la de Venecia”. Entramos de a uno porque había que cuidar las valijas afuera y, nuevamente en la plaza, nos tomamos un tiempito para descansar. Nos faltaba volver, más rápido todavía, encontrar el andén, meterse en un carísimo shopp a comprar dos sanguchitos y dos bananas, montar el tren, llegar a Génova, llegar también al puerto, rogar que no pudieran documentos, usar los últimos setenta centavos de teléfono para confirmar que nadie nos alojaría en Barcelona y zarpar. Eso vendría después. Todavía en la plaza ella insiste: “La de San Pedro es más imponente y Venecia le da un encanto extra” Le digo que no vió el Duomo en su esplendor como yo lo vi y que sí, adentro era demasiado gótico. Cuando nos incorporábamos para retomar la marcha, casi como comentando para si, me dice “Qué bacanes que somos, esta noche tenemos un crucero por el Mediterráneo”. El comentario merecía un gran beso, uno mucho más digno que aquel que le di mientras volvíamos a correr.

Anuncios

8 comentarios to “Qué día aquel…”

  1. Flor Says:

    Me encantó la historia Ale! Que linda! Debe ser para vos, ese dia, uno de esos que no se van a olvidar jamás. Y si, ella se merecía un BUEN beso. Abrazos. Gracias por compartir esto.

  2. Alejandra Says:

    Cuán nostalgioso se ha puesto,buen hombre. Como abuelo que regresa a sus recuerdos. Pero, ¿está esperando algún perdón o alguna señal? Cada uno de nosotros guarda trozos de la historia según se viva.
    Digo, y si ella la recuerda como: -“ese día de porquería, muriéndome de calor, con esas valijas de mierdaaaaaaaa!!!”
    ¿Eh?…no se, digo.

  3. javi06 Says:

    Hay dias en la vida que nos marcan para siempre. Para mí fue el nacimiento de mi hijo. Uno empieza a ver el mundo de otra forma para siempre

  4. Emi Says:

    Muito bonito el relato. El de la foto sos vos? Muy ilustrativa la foto… cara de cansado parece o de estar puteando.

  5. mondoditesta Says:

    Flor, gracias, y sí lo merecía, y modestia aparte yo también; aveces hago méritos.

    Ale: capaz, ya no lo sé

    javi: Ya ves que tenés suerte, otros por cambio ponen al día más trascendente de su vida cuando Belgrano le ganó Talleres 3 a 0

    Emi, si soy yo, sólo que todavía tenía el pelo largo y la cara de opa estaba realzada por una chula ya deformada. Cara de cansado también. y de puteador también, sí

  6. Maria Laura Says:

    me emocionaste con el cuento, soy medio sensiblera, jaja, si lloro con Montecristo, date una idea. Me imagino que si ves la catedral tambien te emocionas. un beso. lau

  7. mondoditesta Says:

    La verdad que no se me mueve ni un pelo, en general entro a las iglesias para conocer o porque está fresquito.

  8. juan Says:

    que es ese espantoso edificio de atras???????
    y comparto la idea de las catedrales. no se, cada tanto me imagino a cristo bajando, entrando a una de esas catedrales y diciendose, “mira en lo que perdieron tiempo”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: