Pobre Perales, si tuviera conciencia de lo que acaba de sucederle. Nosotros, seres experimentados, bien podemos vaticinarle el futuro turbulento que todo buen amor reclama. Él, criaturita ignorante, se apresta a apostar su templanza detrás de una figura casi fantasmal que pasó frente a sus ojos y quizás no vuelva o, peor aun, que regrese y perfore de un estiletazo toda idealización. Al muchacho le espera, efectivamente, una larga convalecencia con un final incierto, y todo eso, todo eso, sólo para que el universo y su existencia tengan sentido. A veces el absurdo es una opción terapéutica que no hay que despreciar.
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