Acabo de vulnerar definitivamente la barrera de los 30 y en plena retrospectiva fotográfica recalo en mi toma preferida. Como un necesario ejercicio de la memoria, intento recordar quién era yo en el momento de esa foto y me espanta concluir que no tengo la más pálida idea. Ese mocoso que se agarra desvergonzadamente el pito me resulta profundamente extraño, apenas, como un vago registro que también empieza a difuminarse hasta que el alzhaimer lo saque nuevamente a flote, recuerdo que de grande quería ser Doctor para tener una casa con pileta, también quería volar como Superman, tener la astucia de Batman y jugar al fútbol como Brindisi.
Hoy, con el resultado puesto, diría que traicioné sus aspiraciones; jamás me preocupé en ser Doctor y por tanto no tengo pileta, soy irremediablemente más sonso que Bambi y apenas juego al fútbol como el Chino Benítez. Pero, a costa de renunciar a todos sus ideales y depararle un futuro menos glamoroso, aquel mozalbete, tendrá la modesta certeza que no pocas veces será feliz, casi siempre de forma intermitente, a los ponchazos y sin proponérselo; no es poca cosa esta pequeña certeza que caduca irremediablemente a los 31 años. Que le aproveche, del resto de nuestra vida no puedo asegurarle nada.
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N. del Bg.: Sé, con certeza, que el muchacho de gorrito soy yo y que detrás está mi hermana, que la foto fue tomada en Colonia Hogar y que adoraba ese pantaloncito rojo porque tenía un bolsillito en el que guardaba monedas y chicles Bazooka. Era tan cándido en ese entonces.
