No es fácil ser un Dios, y más todavía cuando se debuta en un mundo nuevo a medio terminar como la galaxia de Tripión. Con tanto detalle grueso por arreglar, Tarnazo no dispone de un tiempito para ser adorado como toda deidad merece. Y así está, de aquí para allá, con toda su inexperiencia a cuesta, creando seres, remozando geografías, atendiendo reclamos… Y sus adoradores, ¿qué le dan a cambio?. Nada, ni una plegaria, ni un salmo, ni un canto, gente ingrata.
Podríamos pensar que Tarnazo no hace grandes méritos para recibir la pleitesía que corresponde a su cargo; todos conocemos el talante autoritario de Tarnazo, sus actitudes despóticas, su demostrada incapacidad pero, ¿acaso algún ser en toda la galaxia le dijo alguna vez “Gracias, Dios mío” o pidió un milagro “por favor” o le palmeó la espalda cuando acertó a crear el día y la noche?. Nada de nada. Que tampoco nos extrañe que Tarnazo sea un Dios huraño. Si algún psicólogo pudiera atenderlo, le diría que hay culpas compartidas, que debe responsabilizarse de sus actos, mejorar su actitud para con el prójimo y tantas otras pamplinas que dicen los psicólogos. Él, por ahora, lejos de toda terapia, sigue gestando flor de gastritis y acumula un resentimiento verde y viscoso, y eso no hace bien, lo sabemos: ya vimos en nuestro baqueteado planeta qué pasa cuando los dioses no están en sus cabales; nada bueno puede esperarse cuando una relación necesariamente simbiótica como ésta, es manejada por histéricos.
Más de Tarnazo el magnánimo: “Cuando todo era nada, era nada el principio”, “Ensayo y error” , “Divina paciencia”, “Paradojón que se venía”
