Mal nos llevamos las palomas y yo. No me caen simpáticas como un hornerito ni me resultan indiferentes como los teros o los gorriones. Me inquietan; algo parecido a una sensación oscura me corre por el cuello cuando las tengo cerca.
La cosa, estoy seguro, viene de mi infancia. Allá por los 8 años presencié espantado el primer entierro de mi vida. No recuerdo quién palmó, era conocido de mis viejos y me llevaron porque seguramente no tenían con quién dejarme o se les habrá ocurrido que era una interesante de lección de vida. (sigue…)
