Fueron muchas cosas juntas; hacía un año y medio que yirábamos por Europa, indocumentados y pobres. Después de tres meses laburando en un hotel perdido en los Pirineos decidimos volver a la Argentina y, para acabar con bombos y platillos toda esta odisea, París.
París, ya se sabe, es bella, estética, ordenada, histórica, grande, lujosa, ambigua, cosmopolita… y allí, el Bar Cluny ejercía un magnetismo extra; es un clásico cafetín del Barrio Latino en el que Cortázar ambientó muchos relatos y nosotros queríamos tanto a Julio… Por eso, antes de la Torre, el Arco de Triunfo o el Louvre, antes de todo, nos urgía desandar callejuelas buscando los rincones que leíamos en Rayuela ó 62, y queríamos empezar por el Cluny. Sabíamos de Cortázar y las tertulias inacabables en las mesas del bar, y no costaba imaginar también al caracol Osvaldo arrastrándose penosamente en una mesa, quizás a la Maga, seguramente a Héléne…
Diría que fue expeditivo, ya antes de llegar sabíamos en qué calle estaba y teníamos la referencia de de la fachada por alguna foto viaja por lo que no nos costó encontrarlo. Nos metimos al bar como sólo los chicos a una heladería, pedimos dos cafés con leche, sacamos fotos, conversamos en espantoso francés con el mozo, ojeábamos a los parroquianos para ver si algun setentón tenía algún recuerdo… bueno y así una hora larga, después a modo de testimonio guardamos el ticket y los envoltorios de azúcar y salimos finalmente con todo París por delante. Pocas veces en mi vida sentí la felicidad de forma tan concreta y tan pura; es difícil de explicar, caminábamos dando brinquitos por la calle, riéndonos incrédulos, parando cada tanto para tomar conciencia que uno realmente estaba allí, que además llegaba a su fin una aventura irrepetible y de la mejor manera posible y tantas cosas.
Es curioso pero todavía me pasa; cuando digo que estuve en París y generalmente me desboco por contar que en esa ciudad bellísima fuí intensamente dichoso, no tarda en aparecer, como una bofetada a los recuerdos, la estupidez propia de los tilingos: “Che, pero los franceses tienen olor a chivo, ¿O no?”.

Octubre 7, 2006 a las 3:45 pm |
jajaja, che, pero tienen olor a chivo o no?… perdón, pero no podía evitar la pregunta, jajaja
Octubre 7, 2006 a las 3:50 pm |
Los que tienen un olor a chivo que voltea son los españoles y ahí no hay felicidad que lo mitigue.
suerte con el bloggg!!!
Octubre 7, 2006 a las 3:58 pm |
Para todos los que van a preguntar: no lo puede comprobar porque estuve en pleno otoño con una fresca del carajo. En España o Italia no me consta porque yo debía oler peor… éramos tan pobres.
Octubre 9, 2006 a las 12:40 am |
Coincido, en general, el promedio de la gente se fija en las giladas, los lugares comunes, lo anecdótico. Yo estuve en Bolvia y tuve una experiencia muy enriquecedora a nivel intelectual y humano, pero lo primero que me preguntan es si las bolitas cagan en la calle y si huelen a picante.
Octubre 9, 2006 a las 12:58 am |
Ya ves Javi, el promedio es bastante cholulo, pero si dijeras que fuiste a Miami te aseguro que se hacen pis de la emoción
Octubre 10, 2006 a las 1:31 pm |
qe dulce! Siempre dije que sos un romántico reprimido!.
tu tocaia
Octubre 16, 2006 a las 7:56 pm |
Que emoción ver el cluny; creo que los fanáticos que leímos 62 amamos al cluny. ¿Fuiste a la tumba de Cortazar?. saludos. S.Mario
Octubre 16, 2006 a las 7:57 pm |
¿tenés fotos adentro?
Octubre 16, 2006 a las 8:07 pm |
Ale: soy romántico con escrúpulos
Mario: Fui, sí. Muy emocionante. Despues te la mando por mail.
Dentro del cluny hay, pero esas me las guardo
Noviembre 29, 2006 a las 7:37 pm |
MAESTRO
Octubre 14, 2009 a las 4:15 pm |
Ahh que belleza de lugar.
Precioso relato el tuyo, mas ansias me dan de encontrarme accidentalmente con Mis propias Magas-
Salut!